Nuestra Institución

Capítulo I

Nuestros Orígenes


El nombre


Probablemente, el nombre de Ñuñoa, o mejor dicho el original nombre en mapudungun, Ñuñohue, debe ser tan antiguo como antigua fue la llegada de nuestros pueblos originarios desde el Asia oriental, viajando a través de América desde el norte hasta el sur, para finalmente asentarse en estas tierras.


La llegada de los españoles al valle del Mapocho, descubre los grandes mantos de amarillo escarlata, meciéndose a voluntad del viento, en la parte oriente de lo que con el tiempo llegó a ser la ciudad de Santiago.


Estas florcillas casi desaparecidas, bautizadas por nuestros mapuches como Ñuños, dieron origen al nombre de nuestra comuna.



Ñuñoa a comienzos del siglo XX


Lo que finalmente llegamos a conocer como la comuna de Ñuñoa, comenzó a delinearse ya a fines del siglo XVIII. El rebalse natural de población que se genera desde el Santiago del nuevo extremo, como lo llamó Pedro de Valdivia, dará origen a un nuevo centro habitacional y luego también comercial, con un crecimiento poblacional como ninguna otra comuna en Chile. Esto trajo consigo la creación de una estructura urbanística y desde luego la necesidad se establecer sus límites. Creada la población y establecido el medio geográfico, surge la necesidad organizativa a través de un gobierno local o personas que se destacan para la administración del nuevo conglomerado humano y este grupo requiere además de algunos servicios, destacándose entre ellos el transporte.

 

Capítulo II




El año cero


Salvo excepciones, los niños en su etapa de colegial han hecho el experimento de criar una plantita. Ponen un poroto sobre un algodón húmedo y así lo mantienen hasta que el porotito deja salir, por uno de sus extremos un verde brotecito que apunta hacia el cielo, para buscar la luz y, otro que en dirección opuesta busca apoyo y alimentación. Pero para que se produjera esa explosión natural que permite la vida de una nueva planta, se necesitó un trabajo previo. Conseguir un poroto y una mota de algodón, un vaso para introducir aquellos elementos, agua para alimentar el poroto y esperar, es decir, el tiempo necesario para la gestación.


Del mismo modo, la fundación o creación de una institución, tiene invariablemente una fecha de comienzo, pero, para que esto suceda y desde luego sea exitoso se necesita una idea y un trabajo previo. Y para que exista una idea se necesita un ser humano. Una persona que basándose en conocimientos, experiencias y visión de futuro, haga surgir la genial idea de fundar un Cuerpo de Bomberos, en una comunidad, que excepcionalmente crecía explosivamente. Esa persona en nuestra historia se llamó Alberto Ried Silva. 


Cualesquiera que sean las creencias espirituales del lector, o ninguna, existen hechos que parecen predestinados a que sucedan de la forma como la historia los relata después. Frases como “estaba escrito” o “era el destino” las han pronunciado todos alguna vez, refiriéndose a hechos que no pudieron ser de otra manera, sino que, tal como hoy los conocemos. Algo de aquello hay en nuestra historia, porque Alberto Ried pudo haberse radicado en Valparaíso, por allí llegó su sangre paterna. O en Santiago donde vivía la gran familia, por parte materna. Viajó por el mundo, Norteamérica y Europa, de donde por distintas razones, fortuitas, obligadas o planificadas siempre volvió. Su familia, con grandes casas, conspicuos e influyentes amigos y relaciones en el centro de la ciudad y sobre todo cerca de su 5ª Compañía, a la cual pertenecía al igual que algunos familiares, se vino a vivir a la tranquila y casi soñolienta Ñuñoa, porque aquí encontró la calma que requería el desarrollo de su intelectualidad y la práctica de la veta artística que llenaron su vida, junto a los bomberos voluntarios. Así lo quiso el destino.


Elaborar una reseña histórica de nuestra institución, cuando su fundador fue un destacado escritor nacional, además de otras habilidades artísticas, es un alivio significativo y hace este trabajo más fácil, para sus responsables. La etapa de gestación de una institución, que habitualmente es la más difícil debido a que no existe documentación registrada, en esta oportunidad no ha sido así y dejaremos que él mismo relate este importante período tomado de su libro “El llamado del Fuego”.


Habitaba yo en 1933 una pequeña casa en la calle San Gregorio (hoy Dublé Almeyda) muy próxima a la avenida Exequiel Fernández en Ñuñoa y eran mis vecinos y amigos, Domingo Morales Reveco y Osvaldo Larraín Larrañaga.

Una noche inquietante, que lo fue aquella del 24 de abril de ese año, el fulgor de una hoguera iluminó los contornos de mi residencia. Las llamas habían prendido violentamente en la esquina de la Avenida José Domingo Cañas con Exequiel Fernández y el resplandor ígneo había puesto en estado de alarma a todos los habitantes del barrio. 


Un almacén de menestras, instalado en la planta baja de un edificio de dos pisos de adobes y tabiques, incendiábase, mientras su dueño, gravemente lesionado, yacía tendido sobre la acera de enfrente.


El fuego avanzaba con inusitada rapidez y las casas vecinas comenzaban a ser presa de las llamas, cuando llegaron dos Compañías de Bomberos de Santiago, las cuales se vieron obligadas a efectuar un trabajo de defensa dificultoso, logrando a la postre, extinguir la hoguera que había afectado parcialmente dos construcciones vecinas.


Al albor de aquel otoñal amanecer, integrado bajo el alero de mi hogar, un pensamiento pertinaz iluminó mi cerebro, trazando en lo intangible, el aforismo que un gran escritor francés, Ernesto Renán, había creado y que escuche en mi subconsciencia, cuando me dijo: Que la imaginación era la facultad que dibujaba, modelaba y daba colorido a nuestras ideas; que era la intermediaria indispensable entre el pensamiento, el deseo y la realización. Y entonces, Balbina, mi compañera, fue quien escuchó de mis labios las primeras palabras de esta concepción: -“Mujer, le dije, voy a fundar en la Comuna de Ñuñoa, un Cuerpo de Bomberos Voluntarios que, con el correr del tiempo, prestará incalculables servicios a la población y al Cuerpo de Bomberos de Santiago, llegando a ser un ejemplo de eficiencia y disciplina.”


Y ese día salí a la calle, iluminado por estas ficciones; y fueron mis primeros confidentes los vecinos ya nombrados, quienes escucharon el planeamiento de mis proyectos.


De este modo, ante el deseo de una pronta realización y antes de echar las bases de esta imaginaria entidad, fui designando a Domingo Morales Reveco como primer Tesorero General; a Osvaldo Larraín Larrañaga, (ex voluntario de la Quinta de Santiago) como Segundo Comandante; a mi otro vecino, ex compañero del Liceo de Aplicación, Carlos Prado Martínez, como Secretario General, y así, sucesivamente a toda una plana mayor, la cual un mes más tarde, vióse en pleno ejercicio de sus funciones.


Pero no estaría nada de todo esto resuelto ni oficializado, si así puede decirse, sin que antes consultara yo a mi amigo Alfredo Santa María Sánchez, a la sazón Comandante del Cuerpo de Bomberos de Santiago, para lo cual resolví apersonarme al prestigioso y dinámico jefe, sosteniendo con él, dos o tres días después, un diálogo que habría de pasar, en letras caligrafiadas, al historial de nuestra naciente institución. 
Al amparo de la efigie de su ilustre abuelo, don Domingo Santa María, Presidente de Chile, y su padre, el insigne voluntario de la 5ª don Ignacio, mi amigo escuchó atentamente el relato que le hice, relacionado con el incendio de la Avenida Cañas, para interrogarme con decisión:

 

-            ¿Y cuáles son tus ideas al respecto? – a lo cual repuse:

-             Pues, simplemente fundar un cuerpo de bomberos autónomo, que será con el tiempo, la base de otros que podrían formar una preciosa reserva en contorno al gran Santiago.

 

Ante mis explicaciones, Alfredo Santa María púsose de pie junto a su escritorio y, estrechándome la mano replicó: - “Estas cosas se hacen en el acto; cuenta conmigo incondicionalmente, hombre. Procede de inmediato, porque has de saber que el mayor de los dolores de cabeza que sufro como Comandante, lo provoca justamente la atención de los incendios que se producen en la Comuna de Ñuñoa, verdadera cuidad satélite que no cuenta con servicio alguno contra incendios.” Y pasando de la palabra a la acción, púsose en contacto con Enrique Pinaud, quien conversó telefónicamente con nosotros, confirmando la noticia de que se podía contar con una bomba automóvil marca “Thirion”, montada sobre un chassis Owen-Magnetic y la cual se hallaba en los talleres de Gustavo Neveu (padre). 


Así las cosas, pocos días después visité al Alcalde de la Comuna, don Joaquín Santa Cruz Ossa, a quien expuse mis proyectos.


Sabido es lo que ocurrió en esta entrevista, ya que yo mismo me encargué de relatar esta escena, inscribiéndola en un pergamino que ostenta un billete de cinco pesos y que se conserva en el cuartel de la Primera Compañía de Ñuñoa.


El escrupuloso funcionario municipal hízome algunas preguntas que, en términos generales, se refirieron sustancialmente a la cuestión fondos que se necesitarían para llevar a cabo mis propósitos.


Por fin, ante mis explicaciones convincentes, resolvió autorizarme para que invitara a una reunión en su oficina, a vecinos de la Comuna, con el objeto de echar las bases de la nueva institución. Y el 27 de mayo de 1933 logramos reunir a un grupo de personas que aquella tarde, extremadamente lluviosa, firmaron el acta constitutiva de la fundación del Cuerpo de Bomberos de Ñuñoa.






Extracto de Reseña histórica realizada por el
Vol. y Miembro Honorario
Don Hernán Maluenda Salinas

Fuente: www.cbn.cl

http://www.cbn.cl/sitio3/superintendencia/historiainstitucional.html